FINISTERRE

Nunca he mirado tanto al cielo. Nunca he caído en su pared, tersa y sin ventanas. Nunca, he visto las casas de enfrente abrirse en tantas caras. Mi edificio tiene la piel quemada, imagino que así nos ven también, ahora que somos la única mano de distracción.

Uno busca allí arriba, una luz distinta, una oscuridad con hueco; y acaba cayendo sobre el vello de las antenas, sobre los tejados despiertos o cansados, hasta que encuentra una voz, justo enfrente, y se asombra de cuánto lo ata.

El perro de Lázaro baja solo a la calle, su dueño dice que no está para arriesgarse. Qué más da, suena desde su balcón, si no hay nadie para verlo; además, María baja con el suyo y no le importa recoger otra culpa. Me pregunta si me acuerdo de su hijo, pero suena el móvil dentro.

Desde que el virus pisa como un invasor, la libertad no ha vuelto a ser la misma. No espero el frenazo de un furgón arañando los nervios de la calle, ni a la disciplina gastando la escalera de una sola vez. No, ya nadie cree lo suficiente para tanto gasto. Los neumáticos y las suelas llegan con la talla exacta para frenar el cuerpo hasta pararlo en cárcel. El proselitismo del shock va de umbral en umbral. El pequeño olor a doctrina viene de dentro. El miedo, lo sé; la autocensura germina y no le basta su casa. Los escalones se han perdido, ya no nos pertenece volver a bajar a esa calle que aún se ve desde arriba. Decido odiar, porque esta ira sí es mi enfermedad, y desenchufo la tele.

Los muertos hablan de la muerte, y eso no les sirve a los vivos para vivir. Muchos morirán como los que murieron estos días en las noticias, pero este dolor, ¿servirá para algo? Hay una pena desconocida en el luto que no tiene el tacto de la despedida, que se parece más a una desconexión. Hay un daño en esa dignidad que nunca se acaba de ganar.

El cuerpo se entumece hasta que lo olvidamos. Aunque cueste, para ser alma hay que ser piel, y me estoy quedando sin argumentos para una digestión. No caigo en la ducha, llevo la misma ropa que me alumbró la última vez que salí. La ropa siempre es la misma cada vez que se renace. Administro mi cinismo como un gato sus ventanas, más preocupado en los andares, pero su redoblar ya no es por mí, se hace pared de mis paredes. Suelto en la calle, pierde anclaje y necesidad. Respondo a una mecánica que parece saber lo que yo no y camino hasta el supermercado más lejano. Deprisa, para que la policía no piense que paseo.

Hace día de mascarillas, un tono piel de claustro para esta primavera de salón y azahar pixelado. La mayor parte de ellas dejan los ojos fuera, pero su mirada sigue dentro, como siempre. Ahora no es posible leer en las gargantas, como nunca. La pronunciación se acartona y se habla diluyendo pausas lo justo para sobrevivir. Ya hablaremos en la desinfección de las alturas, se dicen al alejarse cuando se cruzan. El móvil o el aire, paredes para una intimidad bajo supervisión. Camino esta confusión de escenario y patio, que miente héroes para la calma y público para la tormenta. Quizá sea justo si financiamos su obra, como la risa contagiosa del virus ante nuestra asepsia.

La cola se alarga en el exterior hecha un rosario. Avanza como las gotas de agua en un cordel. Guardamos la distancia de inmunidad al virus, pero ya no sonamos como en esa proximidad de los balcones. Oigo lo mismo que oía cuando las calles estaban llenas, nada, y noto menos extrañeza.

La seguridad nos espera a cada uno en la puerta, lleva un gel desinfectante con el que nos lava las manos y nos facilita unos guantes que me quedan grandes. Este protocolo es la nueva liturgia, la ciencia de los altares.

De vuelta a casa, con el salvoconducto de las bolsas, me detengo en mirada. Tengo un flâneaur para cada ladrillo que me enseña sus hombros de imperfección. Pero esta vez, nadie rompe su paisaje paseando como una discontinuidad por delante. El escenario es el protagonista hoy y habrá función mañana. Quién sabe si la autoría es una necesidad que ningún protagonista necesitaba.

Un coche patrulla detiene su advertencia junto a una casa, en la misma acera que camino. Hasta este instante, he creído que los adoquines aparecían al pisar. Un grupo de personas permanecían ociosas, jugando al escondite con la alarma. Cambio de camino y me sorprende sentir un hilo de desprecio hacia ellos del que podría tirar. Ante la interpelación de los guardias, se hacen resistentes y llueven porras, y coches, y policías, y porras, y llueve hasta hacerse fango el ser humano.

Vuelvo a casa y todo está como lo dejé. No sé porqué tuve la impresión mientras subía de que algunas cosas habían cambiado. Dejo las bolsas sobre la mesa, me mudo de ropa y, como si dentro no hubiera aire, me asomo a la ventana.

Miro al frente y las casas aplauden, luego una canción que las paredes se pasan como un trago y después esa luz, que no es de hoguera en el bosque, que no es asombro de frontera, que no es racimo templado sobre un cuerpo bañado en sexo, que es una luz de casa encendida. Hasta el cielo cae como un techo. Y como si fuera no hubiera respiración, me asomo dentro.

¿Es ésta la nueva civilización? ¿Una revolución a lomos de los balcones? ¿Hay galope para los de la planta baja? ¿O es solo el mal que siempre habitó en los cristales? Pienso en los charcos de dolor que he dejado abajo, en cuanto cuidado he puesto en no mancharme; pienso que una civilidad que no camina en las dos direcciones lleva a esto, a buscar una respuesta en el aire, a no ver la pregunta en el suelo.

Me reduzco a un formato asequible, a una sociedad de uno, a la conversación con el lenguaje. La prisa por el incendio que prendía abandonó la carga cotidiana de palabras al otro lado del confinamiento. Cuando encuentro una encuadernación de la X del tesoro en los mapas de la red, la pantalla del ordenador me lanza una ventana que pide confirmación de humanidad para evitar que los robots compren libros. Cierro su presagio y lo alineo con la televisión. Me siento a esperar cualquier derrota, ahora mismo no le haría ascos a un apocalipsis bit.

Llaman a la puerta y me sorprendo concibiendo una alarma que pueda saltarse todos los estados de este estado. Quedo un momento entre salir por la ventana o abrir ¿Será que me he saltado las bondades? ¿Me habrá denunciado un acecho oficioso por quebrar los esfuerzos? ¿Será que tomaron por paseo mi paso cansado de vuelta a casa y vienen? ¿O vienen por mi olor a infección estadística? Mi sombra se proyecta sobre la ranura de la puerta, ya es tarde, siempre es tarde para una sombra.

Al otro lado mi vecina me dice que me ha visto venir cargado, que soy muy valiente, que ella no se atrevería. Que si le puedo dar algo de comer, que ella me lo paga, pero que por nada del mundo saldría. Abro y le doy la mitad de la compra. Insiste en pagarme, le digo que no es necesario. Que la próxima vez que baje le avisaré. Me da las gracias y se marcha por las escaleras como si no hubiera llamado. No ha cogido el ascensor, la voz que calla cuando hablo se desata en alivio. Cierro la puerta con un recuerdo. Los gritos que estas paredes sin lujo convierten en pecado, atravesaron mi sueño uno de estos ayeres uniformados. Los vecinos llevan semanas sin trabajar, sin cobrar, gritando con el estómago vacío. Cierro la puerta y sé que el dolor no se comparte.

Hay un escape de miedo. Es inodoro, incoloro. Tendría que venir con alguna marca delatora, como las bombonas y su gas de azufre advirtiendo de una pérdida de infierno. Éste viene de más cerca y asusta a una distancia de espejo, pero no se huele su mueca en el rostro de enfrente. Estos días, enfrente está a una humanidad de lejos, y pienso en cuántas de sus letras se perderán por las escaleras cuando bajemos, ¿nos llegará para pronunciarla en el suelo?

Nosotros que follamos como cuerpos en las azoteas, que amamos sin contar, sin calcular si el techo aguanta el peso de nuestras deformidades, y fingimos ser la cicatriz que aguanta la herida, ¿por qué no seguimos siendo polvo allí abajo? ¿será que tampoco lo somos aquí arriba?

El firmamento del bloque de enfrente se va apagando. La soledad se ha retrasado hoy. A la hora en la que el aire solo se usa para respirar, armo mi respiración de urgencia. El bouquet del aire en soledad tiene notas de fresca incertidumbre, macera perezoso hasta dejar un áspero amanecer en la boca. La oscuridad se queda en los dientes como hilos de pulpa.

Esta noche los vecinos no discuten, han subido el volumen de la tele. Escucho cómo alguien tose, se habrá atragantado.

Delia Glanco