MARTES 7 DE ABRIL

  1. Ya todo es normal. Lo impensable hace un mes es normal, lo alarmante hace tan solo tres semanas, también. El estado de alarma es normal, su transgresión es normal, su prórroga es normal, los chivatazos y el fascismo ciudadano son normales, los reproches morales a gente que sale a dar un paseo son normales, los abusos y el estado policial son normales, los consejos de qué hacer con tanto tiempo libre son normales, que no haya mascarillas ni en hospitales es normal, citas o referencias a Naomi Klein en las bocas jamás esperadas es normal, ver a militares dando discursitos en la tele es normal, el salir al balcón a aplaudir a gente que no está presente (¿¿¿¿???) es normal, ir al supermercado y que no haya papel higiénico es normal.
  2. Respecto a los aplausos, he de decir que estoy haciendo mis investigaciones. Mi madre es enfermera y mi padre médico, por lo que está siendo bastante sencillo. Mamá, oye, una pregunta. Tú con lo de los aplausos, ¿sales a aplaudir? Si hijo, claro que salgo. O sea, que básicamente sales a aplaudirte a tí misma, ¿no? No hijo, yo salgo a aplaudir a mis compañeras. Ah bueno, ¿y papá? ¿le puedes preguntar? Si, si que sale. ¿Y aplaude? No, el dice que sale a recibir los aplausos.
  3. Nos obligaban a pensar que sería un régimen bolivariano el que vaciaría los estantes de nuestros amados supermercados. Sin embargo, ha sido una combinación entre libre mercado y estupidez humana (es decir: libre mercado) la que lo ha conseguido.
  4. Tampoco entiendo muy bien eso del tiempo libre. Libre como adjetivo despectivo, como vacío que necesita ser llenado. Antes uno quería tiempo libre para hacer sus cosas. 8 horas de trabajo, 8 de sueño, 8 de lo que nos dé la gana, decían nuestros abuelitos, políticamente hablando. Ahora parece que necesitamos cosas para llenar nuestro tiempo. Notamos su peso asfixiante, su sombra amenazante. Si, ya se que estamos de cuarentena y tal y cual. Pero no noto que sea algo muy diferente. Empresas de contenidos online se pelean por ver quién regala más sus productos, desde las editoriales independientes a la industria del porno, pasando por spotify o las series y el cine. Clases online de tu deporte favorito, de idiomas o de informática. Y la puta mierda esa de adivinar cosas con emojis como si fueran jeroglíficos. Somos patos a los que van a hacer foie-gras, engullendo cultura de masas y pasatiempos baratos para engordar nuestro hígado o nuestra subjetividad póstuma, dependientes de su goteo constante de imágenes, información, sonidos. Somos una especie de cojos, incapaces de andar o relacionarnos sin nuestras muletas tecnológicas y su bombardeo constante.
  5. ¿A qué se dedicaba esta gente un día normal? Un día normal sin cuarentena me refiero.
  6. También me llegan artículos de cómo mantener nuestra salud mental durante el confinamiento por diferentes vías y de diferentes periódicos y blogs online. Todos ellos insisten en la importancia de evitar la sobreinformación. Al acabar el artículo, en todos ellos, enlaces a más noticias sobre el tema. Incluso, en un par de ellos, justo a continuación una sección de noticias en directo, COVID-19 minuto a minuto, como en los partidos de fútbol. Actualización en tiempo real de las cifras de contagiados, ingresados, recuperados y muertos, de las medidas que se van adoptando.
  7. Hay un secreto a voces. Aquí todo el mundo está canalizando su frustración hacia algo. A esto el psicoanálisis lo llama desplazamiento, que se define como un mecanismo de defensa inconsciente en que la mente redirige algunas emociones de un objeto y/o representación psíquica que se percibe como peligroso o inaceptable, a uno aceptable. Se suele dirigir a algo que normalmente ya encaja con la predisposición previa de cada uno. Conspiraciones geopolíticas, estados policiales, virus asesinos que se expanden gracias a insolidarios paseadores de perros, etc. Así unos difunden compulsivamente bulos, otros sesudos análisis políticos y otros se dedican a vigilar por la ventana dispuestos a llamar a la policía a la primera señal de transgresión de la cuarentena. Todos, también, muy a tope con la lógica del sacrificio y con el #QuedateEnCasa. Todos hablando de lo duro que es. ¿De dónde saldrá esa frustración? A mi también me jode quedarme en casa. Y cancelar algunos planes o dejar de ver a cierta gente. Cancelar otros muchos, incluso es un alivio. No verle el jeto a otros, también. Pero estoy bien. Hay gente para todo, es cierto que es una situación jodida y depende mucho de la situación de cada cual. La psicosis colectiva tampoco ayuda. Ni ver a militares en la tele. Si, para mucha gente puede ser muchísimo más duro que para mí, está claro. Pero creo que hay un factor que no estamos considerando. Uno que puede ser la causa real de muchas de esas frustraciones. Lo llamamos soledad, pero la mayoría no vivimos solos. Hay un secreto a voces: nadie aguanta a su familia.
  8. Hemos empezado a hacer un registro de los coches de maderos que pasan por debajo de nuestro balcón. 8W8, 7Q7, 1U-83 (esto es una lechera), 4L3, 7N9, 5158, 7023 (estos son munipas), 7Q9, 1Q84 (esto es un libro de Murakami), 3Z8, etc, etc, etc (y hasta un etc por cada 5 minutos). Sé que era una pregunta retórica, pero ¿quién vigila a los vigilantes? Nosotros. ¿Para qué? No sabemos muy bien. Quizá nos sirva para hacernos a la idea de la cantidad de patrullas que hay en el barrio. Mientras tanto, nos contentamos con gritarles “¡a teletrabajar!” cada vez que pasan, y a recordarles cada día a las 8, cuando pasan con las sirenas puestas, que los aplausos no son para ellos.

Zapato