PANDEMIA Y ESTADOS DE ÁNIMO

Durante los acontecimientos de la Comuna de París de 1871 [1], el Poder decidió volver los cañones de la muralla que defendía la ciudad del agresor prusiano hacia su propio pueblo. Ésta operación se ha convertido, si no lo era ya, y siempre seguirá siéndolo, en la tónica habitual de un sistema capitalista cuyo peor enemigo no es exterior sino interior. Contener a la masa descontenta que no ha sido capaz de convencer a través de la propaganda es el principal objetivo de los Estados para el rearme intensivo que no cesa pese a la aparente paz social.

El lenguaje bélico que se está usando para describir la actual situación de crisis provocada por las medidas para contener la pandemia del coronavirus Covid-19, y que es muy acertadamente criticado por bastantes pensadores bienintencionados, no está tan desacertado como podría pensarse. Sólo que, como en la Comuna de París, la guerra tampoco es contra un enemigo exterior sino interior. No se lucha, como se nos pretende hacer creer, contra un enemigo invisible, en forma de virus, para proteger a una ciudadanía indefensa, sino contra el propio pueblo. Nada nuevo bajo el sol, es el modus operandi desde hace ya mucho tiempo.

Casualmente, hasta poco antes de que se empezara a propagar la epidemia desde China hacia el resto del planeta, el mundo no estaba atravesando precisamente por un período sin conflictividad social. Ya eran varios los lugares donde la revuelta se estaba generalizando: Hong Kong (la rebelde colonia de la República Popular China), los chalecos amarillos en Francia, Chile, Colombia, Venezuela, Bolivia… eran un polvorín ante la primavera que se avecinaba. El virus, parece ser, no le ha venido nada mal a esos gobiernos y a muchos otros. No deja de ser una hipótesis y habrá que ir analizando algunas otras pero, casualmente, todas esas revueltas se han desvanecido como la espuma.

En la Comuna la represión violenta fue brutal y los fusilamientos se sucedieron por todos los barrios resistentes durante la llamada Semana sangrante. Aquí la represión está siendo más sutil, posmoderna, vídeo-vigilada y digitalizada. Tienen la coartada perfecta y parece que la van a utilizar hasta sus últimas consecuencias.

Esta contienda −como veremos especialmente desigual: unos tienen todas las armas y los otros no tenemos ninguna− nos ha pillado a casi todos por sorpresa. Cuando el 13 de marzo se decretó por unanimidad el Estado de Alarma y se nos conminó al principio −y se nos obligó después− al confinamiento restringiendo la movilidad, no había existido previamente un debate público sobre las medidas más adecuadas para frenar el temido contagio. No tuvimos, por tanto, tiempo para organizarnos, para hablar entre nosotros, para contrastar ideas e informaciones. La primera batalla se había desencadenado sin previo aviso y había tenido un claro objetivo: nuestros estados de ánimo.

Desde entonces los ataques no han cesado: el confinamiento se endurece, las actividades no imprescindibles se paralizan.  La policía, la guardia civil y hasta el ejército (con la UME al frente) comienzan a patrullar las calles y a avisar, primero, y multar, después, a los “imprudentes” que continúan deambulando con normalidad. Los drones y helicópteros de la policía sobrevuelan las ciudades y los parques, vigilando y lanzando consignas para disuadir a la gente de permanecer en las calles. El aparato de propaganda comienza a propagar el miedo, con las cifras de infectados y fallecidos creciendo sin parar, tanto a nivel nacional como mundial, y los eslóganes gubernamentales que difunden en forma de hashtags: #quedatencasa y su derivado popular exaltado #quedatentuputacasa.

Ya antes de proclamarse el Estado de Alarma, cuando los medios de comunicación comenzaban a prepararnos psicológicamente para “la que se nos venía encima”, me llamó la atención que se hablara sin ningún tipo de tapujos del ya integrado distanciamiento social. Este distanciamiento supone un ataque a una de las libertades esenciales del ser humano: las relaciones sociales, a partir de las cuales se ha construido la sociedad  y sin las cuales dejaría de serlo. En esos momentos, incluso a pesar de las noticias “como de ciencia ficción” que nos iban llegando desde China, algunos nunca pensamos que tales acciones se pudieran llevar a cabo en los democráticos Estados occidentales. Sin embargo, parece evidente ahora que la propaganda había calado ya en el ánimo colectivo: el miedo, la angustia, la incertidumbre con que nos bombardeaban cada vez que encendíamos la tele habían preparado el terreno para la aparición del Gran Salvador.

La espectacular puesta en escena de un presidente que, con más cara de susto por las posibles reacciones de la población que por el temor al enemigo invisible, anunciaba −con eufemismos muy bien planeados− la puesta en práctica de un escenario totalitario sin precedentes en la actual democracia parlamentaria española, quedará para siempre en nuestro imaginario colectivo. Esta escenificación se ha ido repitiendo, con pequeñas variaciones, en muchos otros países donde se han adoptado medidas similares. A no ser que hagamos algo para solucionarlo, ésa, junto con la de los sanitarios disfrazados de liquidadores nucleares y los improvisados hospitales de campaña vacíos o semivacíos, será la imagen que recordaremos con más fuerza de todos estos días encerrados. No podemos olvidar el peso tan importante que la Imagen tiene en nuestros días. Si la Guerra del Golfo tuvo sus imágenes simbólicas en los luminosos bombardeos sobre la ciudad de Bagdad, esta guerra también tiene las suyas propias, y nos costará librarnos de ellas durante algún tiempo.

Como en toda guerra, no podía faltar en ésta uno de los grandes aliados del bando agresor, sobre todo teniendo en cuenta las especiales características de esta guerra sin enemigo: el quintacolumnismo. Con la izquierda parlamentaria, por fin, formando parte del poder totalitario, el Estado español lo ha tenido especialmente fácil para poner a toda la población a favor de estas medidas que actúan, antes y sobre todo, contra la propia población. De ahí que el Síndrome de Estocolmo se haya generalizado de una manera brutal en este gran secuestro en el que el secuestrador, o sea, el Estado, es el único garante de nuestro bienestar, así como el único que puede, unilateralmente, decidir nuestra puesta en libertad.

A eso hay que añadirle el pánico difundido por múltiples medios, pero con un único Emisor (OMS, gobiernos estatales y comunitarios obedecen a una única consigna), a un supuesto virus maligno que se propaga de manera inexorable por el aire y que, adherido a cualquier materia, tiene unos altos niveles de efectividad, es decir, mortalidad. No olvidemos que no hay mayor temor en el ser humano que el miedo a la muerte, en este caso trabajando al servicio de los intereses del Estado. Poco importa en estas condiciones que los números lo desmientan, siempre que la interpretación de las cifras de enfermos y muertos la hagan los mismos interesados en su uso propagandístico y como herramienta de terror. Si todo esto lo aderezamos con una buena dosis diaria y constante de denuncia, desde los medios de comunicación −o en boca de los altos dirigentes ministeriales, policiales y militares en las fantásticas ruedas de prensa de cada día− es completamente normal que se haya propagado entre la gente el estado de ánimo que ha llevado a la criminalización de actuaciones, supuestamente delictivas, de vecinos o paseantes. Denuncias entre vecinos, abucheos desde sus acorazadas ventanas, carteles en los ascensores de los edificios o hasta pintadas a vehículos de sanitarios, obedecen a ese clima de miedo y desconfianza.

La policía y demás fuerzas de seguridad del Estado son a un tiempo víctimas y verdugos de este estado delirante de ánimo. A su consabida falta de escrúpulos y violencia injustificada habituales, hemos de agregar el miedo, al que no son ajenos, y la impunidad que el estado excepcional les ofrece, para describir un cuadro de agresiones y acciones arbitrarias, inventándose, muchas veces, normas que no están sobre el papel. Estas acciones son alentadas, más si cabe, por un lavado de cara generalizado que las ha exaltado como las grandes defensoras de la población indefensa, cuando en realidad no hacen más que de perros de caza convertidos en perros pastor cuya gran misión es reconducir a las ovejas descarriadas al redil, es decir, a su casa.

Combatir contra un agresor que tiene todo a su favor, incluidos a nuestros supuestos aliados y principales receptores de la agresión, no es nada fácil. Cabría pensar que es casi imposible. Aquí entramos en otro aspecto esencial de este ataque indiscriminado contra nuestros estados de ánimo: la creencia, basada en hechos reales, de que nada se puede hacer ya para enfrentarse a una dominación cuyas dimensiones nunca habían sido tan enormes ni había estado tan omnipresente. La imposibilidad del acceso a la autogestión de la tecnología, en especial de la energía nuclear, es uno de los ejemplos más significativos de una impotencia generalizada entre las personas con cierta conciencia crítica. La emergencia sanitaria y la dictadura médica a nivel mundial que esta pandemia está suponiendo vienen a sumarse, de manera cada vez más evidente, a otros elementos de la dominación del Estado y el capital.

Sin pretender poner en duda esas dificultades, lo cual estaría totalmente fuera de lógica, sino siendo lo más consciente y teniéndolas lo más presentes posible, hemos de valorar las pocas acciones que ahora mismo podemos llevar a cabo, sin descartar posibles movilizaciones de protesta, sobre todo con la desescalada de las medidas represivas. Por desgracia, dichas movilizaciones son bastante improbables visto lo visto.

Las personas más críticas con el poder y más conscientes de esta farsa debemos, asumiendo nuestras escasas posibilidades, trasmitir nuestra falta de temor a una enfermedad evidentemente poco letal y, al mismo tiempo, advertir de los peligros de la iatrogenia que esta emergencia sin duda está favoreciendo. El recelo de los tratamientos médicos de urgencia y de las hospitalizaciones innecesarias, evitar a toda costa las intervenciones de los héroes sanitarios, es un mensaje que no debemos dejar de difundir entre quienes aún pueden comprender los verdaderos peligros de estas intervenciones. De igual forma, debemos prepararnos –y preparar a los que nos rodean, tarea casi nunca fácil– para afrontar la posible obligatoriedad de la vacunación, o al menos futuras campañas agresivas de vacunación para ésta o para otras epidemias. Estrategia que los Estados, vista la gran efectividad alienadora que está teniendo, no dejarán de poner en práctica en próximos años.

Rechazar el miedo, la desconfianza en el otro, el pesimismo, el odio, la alienación y domesticación creciente y a un tiempo trasmitir desconfianza hacia los poderes estatales, las fuerzas represivas, los medios de comunicación y la coerción médica, son algunos objetivos mínimos para afrontar una ofensiva que no termina, ni mucho menos, con la derogación del Estado de Alarma.

[1] Casual o causalmente, los acontecimientos de la Comuna de París tuvieron lugar del 18 de marzo al 28 de mayo, primaverales fechas tan propicias a las revueltas y que este año han preferido que pasemos en casita.

Jose A. Miranda
joseamirandapoesia.wordpress.com