Mujer-casa

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Mujer-casa

En un palacio, una conversación entre dos hombres filmada por Visconti – se vogliamo che tutto rimanga com’è, bisogna che tutto cambi.

A las 7 en la Diagonal. Mirándola en perspectiva el suelo se mueve en ondulaciones. El fondo de pantalla es un degradé bello y deprimente en dirección a Francesc Macià. Dentro de los autobuses hay luz artificial que sigue su recorrido hacia los dos extremos de la ciudad.

Las ventanas iluminadas de las casas. Led cálido, miel de Creta, inquietante, un neón, a veces se ven los muebles, no se ven cuerpos moviéndose, como si estuvieran agazapados, no hay nada que ver o no hay nadie por quien ser visto. Cosimo vive en los árboles, severo y estricto, un niño con cara de viejo, me gusta que le guste mirar por las ventanas iluminadas y me acuerdo de él, su encantadora y a veces triste insubordinación.

Por la noche me despierto de golpe. Sueño que entro en un ascensor, las paredes lacadas en color crema, quiero ir al piso 11, en cambio baja muy rápido hasta el -16, los sótanos. Esos números con vida propia, he pensado esto es por ver vídeos sobre la cábala en el youtube. Voces, gente con americana, gente, mierda, estadísticas, Pedro cierra Madrid, Naomi Klein.

Trabajé en un piso 11, había muchos pasillos, he soñado con ellos después de irme. Por las mañanas de camino pasaba por una rampa. Allí mis piernas se paraban y tenía que arrastrarlas y forzarlas a seguir hacia la puerta, saludar y sonreír a quien hubiera delante, atravesarla, sacar la tarjeta, pasarla por el lector, esperar décimas de segundo que eran navajas y pasar a través de la barrera. De ahí al ascensor, y ahí ya había cedido la resistencia. El encogimiento, la compresión – el estómago, el diafragma, los hombros, la columna, la cara, la vejiga, mi cuerpo se comprimía y se transformaba en otra cosa. Un cuerpo dócil.

Piensa en ropa de lycra y terciopelo, en tonos lilas y rosas, beige, crema, ocre, soft, soft, soft. Una velocidad con una imperceptible cámara lenta, Haneke, no sabes del todo lo que está pasando pero de algún modo sabes que lo fatídico y letal está en algún lugar. Hace sol y ahí siempre estás solo.

Vuelvo a casa, me encuentro mal. Al rato se me pasa, pero observo todo el cuadro de síntomas manifestarse. Pienso en el chico que corre en Francesc Macià y la patrulla de la Urbana que le grita que se vaya a casa. Su cara está llena de confusión. Lleva una camiseta blanca de manga corta. No sé si entiende castellano. Creo que es ruso, de los que han comprado un piso de lujo en la zona. Eres como la policía rusa, severa pero justa.

Vuelvo a la oficina. En mis pensamientos, siempre presente como una madre muerta. Ahí aprendí algo útil, el uso de la palabra cosmético, como adjetivo. Piensa en tonos de rosa, gris empolvado y nácar cuando dicen esa palabra. Algo cosmético, algo bello por fuera que encubre algo feo, tullido, amoratado, inflado, roído, rasgado, abollado, partido, crujido, jodido. Un gesto útil. Coges al cuerpo dócil y le enseñas a ser cosmético. A hacer cosmético. A sentir cosmético. A hablar cosmético. Todo está acolchado, no tienes que pasar frío, internet funciona. Celda de aislamiento. En tu casa en confinamiento. Confín frontera. Más allá de nuestros confines. Con fin. Por fin. En alguna ciudad invisible habrá un monumento ecuestre a la metáfora.

Por la noche silencio absoluto. Un pueblo en la montaña en Italia, era un pueblo de cuatro casas de piedra, hacía mucho frío. Por la noche oía la sangre en mis conductos auditivos. Cuando soñé con ir al piso 11 y me desperté de golpe, el silencio era algo así. Pero silencio muerto, encogido, algo como angustia atrapada aquí en el esternón. Un precioso ejercicio cosmético. El silencio en la noche del pueblo de las cuatro casas era húmedo y blando, podían aparecer seres en cualquier momento, una araña, un pájaro, un caballo, un perro, estaban ahí. Los árboles estaban ahí, sentían la oscuridad y sonreían hacia dentro.

Hablamos de un libro, el tiempo se para y Julia me mira y me dice te has fijado, no hay metáforas. La imaginación, vivir entre las ramas, la zona autónoma, la comuna entre las minas. No hay deseo de un ejercicio escapista frente a un imperialismo emocional. Cuidamos nuestra psique, nuestro lenguaje. Nos quedamos en la mujer-casa.