Un nuevo Dios

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En mi útima compra en el Mercadona tuve una experiencia mística. Avisaron por megafonía de la celebración de un minuto de silencio e inmediatamente todos los consumidores quedaron paralizados, aferradas las manos a sus carros. El único en movimiento era yo y no precisamente lento, porque tenía prisa. Me moví rápidamente, cogiendo productos de las estanterías y echándolos a mi carro mientras deambulaba entre aquellos consumidores paralizados por la megafonía. Parecía haberse hecho realidad aquella fantasía en la que el tiempo se detiene para todos excepto para uno mismo.

Más allá de la escena, digna de Buñuel, lo que se imponía en esa forma particular de disciplinamiento es la consolidación del supermercado como nuevo templo regulador la moral.